Pol

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Era Octubre de 2011, cuando salió de la panza de su mamá gata en el laboratorio donde trabajaba mi mujer. Fue verlo y terminar de entender todo lo que me había cambiado Bea en relación con mi amor por los gatunos.  Siempre fui amante de los perros, pero ella me hizo entenderlos más en su personalidad. Me enseñó a amarla por su infinita complejidad.

 

Lo fuimos a buscar, cuando era hora de ir a casa, y lo separamos de su mamá y sus hermanos. Le pusimos Pol. Se lo pusimos a Bea, que en un principio le marcó la localía. En un momento de inteligencia máxima de quien escribe, cuando Bea lo rechazó de entrada -como si fuera imprescindible que lo adoptara en el momento- descargué culpas sobre mi mujer. “No pensaste en esto antes?”, como si yo estuviese eximido de hacerlo. Finalmente, a los pocos días llegaron a un acuerdo, y Bea lo acicalaba mientras Pol se le prendía a la teta. Bea no era nodriza, pero no importaba.

La imagen puede contener: gato e interior

 

No tengo reparo alguno en decir que Pol es uno de los seres más honestos y expresivos que conozco. Se hace entender, sólo hay que prestarle atención a sus detalles. Ronronea con ruido cuando quiere que lo mimes. Te mira fijo. Te pide que le convides de tu comida con un suave toque de su pata en la mano. Adora el pollo y el queso crema.

Cuando algo le gusta mucho se relame de costado, para no perderse nada. Cuando perdimos a Teo, por única vez se echó en la falda de mi mujer. Estamos convencidos -no hace falta un estudio científico- que un pedazo del corazón de Teo se quedó con él. Esa tarde que se echó, supimos que era nuestra nube mandando un mensaje. Nos costó interpretarlo. Aún hoy cuesta. Nos mandó otro mensaje con Cata. Y uno más con Malena, de quien ya hablaré.

Las frases Pol es mi gato y Pol es mi hijo son plenamente intercambiables. Amo a ese bodoque de carne con mi alma entera. Hoy me toca extrañarlo, por circunstancias que prefiero guardarme. Pero déjenme dar un consejo. O dos.

Tengan siempre claro qué es un sueño y qué es verdad. Y qué vale cada cosa. A veces vamos a buscar la felicidad o el éxito lejos. Y están acá. Estuvieron siempre y no lo supieron ver. Felicidad y éxito en lo de todos los días. En eso que uno da por sentado hasta que se pierde. Y ahí es cuando uno lo cambia todo por volver a ser eso que fue.

La felicidad siempre debió ser la panza de mi gato. Lo perdí de vista: debió serlo siempre. Y hoy, en el medio de el peor de los inviernos, cambio todos los sueños por una realidad que la incluya.

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