El hombre que salvó al mundo: Stanislav Petrov y el incidente del equinoccio de otoño

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El 26 de septiembre de 1983 es un día que para mucha gente puede pasar desapercibido, pero en realidad es un día que estuvo a punto de ser el último día de la Tierra como la conocemos.

El contexto era muy distinto entonces a lo que es hoy: por suerte, un escenario de guerra nuclear es ahora una posibilidad remota, pero el mundo estaba en plena Guerra Fría en tiempos de Reagan, presidente de EEUU y Andrópov, el sucesor de Brézhnev en la Unión Soviética. Cualquier pequeño incidente podía escalar rápidamente y llevar a las superpotencias al borde del holocausto nuclear.

No faltaban incidentes en ese entonces: hacía pocos días que el vuelo 007 de Korean Air había sido derribado por interceptores Soviéticos sobre la isla de Moneron, tras un desvío por error de la tripulación del Boeing 747 y el ingreso no autorizado al espacio aéreo Ruso. 240 pasajeros y 20 tripulantes murieron en el incidente. La justificación de la URSS fue que pensaron que era otro vuelo de los RC-135 de la USAF que hacían constante inteligencia de señales en la zona. Para EEUU, fue un ataque deliberado.

El ataque marcó uno de los puntos más bajos en las relaciones entre la URSS y Estados Unidos; la FAA revocó días después el permiso de Aeroflot para volar a territorio Norteamericano. La administración Reagan anunció en ese entonces que el sistema GPS -hoy tan presente en los celulares y autos- sería de uso dual civil/militar una vez que se terminara de desplegar.

Sumado a este incidente, la Unión Soviética veía cómo se acumulaban misiles nucleares balísticos Pershing II en Europa, en preparación para el ejercicio Able Archer 83, que simularía una escalada bélica hasta el lanzamiento de misiles. Los pocos minutos de sobreaviso que dejaba la ubicación y velocidad de los Pershing II llevaron a la URSS a una terrible conclusión: la única forma de prevenir un ataque de EEUU, era atacar primero.

En ese contexto, el Teniente Coronel de las fuerzas de defensa aérea Soviéticas Stanislav Petrov cumplía con su turno de oficial a cargo del sistema satelital de alerta temprana nuclear Oko, recientemente instalado. Todo era normal, hasta que en un momento, el terror: se dispara el alerta de lanzamiento de misil.

Petrov observa la pantalla, sigue por un segundo el lanzamiento de ese misil. Y de pronto se agregan más objetivos. Son cinco los misiles que Oko detecta saliendo de Dakota del Norte.

La máquina muestra la trayectoria de los misiles. Petrov tiene instrucciones de notificar inmediatamente a los mandos superiores, para que ellos evalúen los pasos a seguir. En el estado actual de las cosas, la represalia sería inminente. Toda la inteligencia disponible indica que el primer ataque era cuestión de horas o días. Sin embargo, el Teniente Coronel piensa un momento y llega a una conclusión que salvará al mundo.

“Nadie empieza una guerra con cinco misiles”. La doctrina vigente de Destrucción Mutua Asegurada hace suponer que un primer ataque sería masivo, con miles de misiles cruzando en simultáneo. No era el caso.  Lo cataloga de falsa alarma y no emite notificación. Pocos minutos después, más información empieza a acumularse: no hay detección de actividad a nivel del suelo en los silos de donde deberían haber salido esos misiles. No hay confirmación cruzada de otros sistemas. Era efectivamente una falla de Oko.

El equinoccio de otoño tuvo mucho que ver: por la posición del sol y la presencia de nubes a gran altitud, confundió un reflejo en ellas como un destello de lanzamiento. A partir de este error, fue complementado con satélites geoestacionarios para tener un segundo punto de vista.

Petrov fue alabado en la URSS por su reacción: su desconfianza fue catalogada como la “acción correcta” cuando el sistema validó 30 instancias como positivas de un lanzamiento en pocos segundos. Al mismo tiempo, era sancionado por no anotar la novedad apropiadamente en el libro de guardia. Explicó con toda simpleza: “tenía un intercomunicador en una mano y un teléfono en la otra. Tres manos no tengo.”

Al final de cuentas, no recibió ni recompensas ni sanciones mayores. Fue transferido a un puesto de menor responsabilidad y se fue de baja temprana de las Fuerzas Armadas. Sufrió un colapso nervioso hacia el final de su carrera.

Caído el muro, se conoció la historia y a partir de las memorias del General Yury Votintsev, comandante supremo de las fuerzas de defensa aérea, recibió finalmente premios y condecoraciones, y algo de dinero, que repartió entre los miembros de su familia.

Su esposa murió de cancer en 1997. Se enteró de las acciones de su marido en 1993, diez años después de ocurridas, cuando lo visitaron para entrevistarlo. Le preguntó por qué nunca le había contado: “qué fue lo que hiciste?”. Su respuesta fue simple y concisa. “Nada. No hice nada.”

Petrov murió el 19 de Mayo de 2017. En una entrevista que dio para un documental sobre su vida, dijo que sólo fue “un tipo que estuvo en el lugar correcto en el momento correcto, haciendo el trabajo que tenía que hacer.”

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7 comentarios

  1. Este tipo de cosas deberide ser enseñadas en las escuelas secundarias. Así se van formando personas q piensan.
    Sería una utopía, pero q lindo!
    Abrazo

    1. Es cierto, a veces de la excepción a lo que está establecido surgen soluciones. Pero salirse del procedimiento es pensar, y no siempre la escuela forma para eso.
      Abrazo!

  2. Increíble… alguien que hizo lo correcto… pero que no trascendió porque lo que logró fue… que todo siguiera igual. Excelente historia, Pablo!

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