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En mayo de 1991, el gobierno de Etiopía estaba a punto de caer, cercado por tropas rebeldes de Eritrea. Mengistu Haile Mariam y su círculo de poder había mantenido el control de la población a fuerza de hambrunas, cacerías políticas y purgas masivas desde 1974, cuando una junta miltar de ideología Marxista-Leninista, el Derg, derrocó al Emperador Haile Selassie I.

La inestabilidad política de Etiopía era un motivo de preocupación para más de un estado extranjero: Entre ellos, el gobierno Israelí. Durante años, la comunidad Judía en Etiopía había encontrado resistencia y burocracia extrema de parte del Derg para autorizar la emigración de sus integrantes. Beta Israel era el nombre de esa comunidad que vivió por siglos en el área del Reino de Aksum, lo que hoy es el norte y noroeste de Etiopía, en unas 500 aldeas cercanas al lago Tana.

Si bien la Ley del Retorno -es decir, todo aquel Judío en la Diáspora tiene el derecho a volver a Israel y el derecho a que tal traslado sea asistido por el Gobierno Israelí- incluyó a Beta Israel desde 1977, en 1991 había todavía una significativa población Judía en Etiopía. Fue entonces que, ante la debilidad de un gobierno Etíope con urgencias, el Gobierno Israelí comenzó a diseñar la Operación Salomón.

Fueron arduas las negociaciones: en un principio, sólo quería autorizar la salida de Beta Israel a cambio de armamento. Durante muchos años, Mengistu había recibido millones de dólares como incentivo para hacer la vista gorda cuando miles de Judíos abandonaban Etiopía a través de Sudán, por medio de la Operación Moisés. Hasta el día que se hizo público, Sudán cerró su frontera y el Derg comprendió que lo que necesitaba no era dinero: con las tropas rebeldes mejor equipadas que sus fuerzas de defensa, el arsenal Israelí era una solución inmediata a los problemas.

El gobierno Norteamericano intervino para nivelar las negociaciones, mientras la situación para Mengistu era cada vez más alarmante. Finalmente, se llegó a un acuerdo: recibiría armas, millones en una cuenta y la garantía de que sobreviviría al derrocamiento. Fue entonces cuando sonó el teléfono del alto mando de la Fuerza Aérea Israelí y las órdenes fueron: “saquen a todos los que puedan. Tenemos 36 horas.”

 

La evacuación

En el Aeropuerto Ben Gurion, estaban listos dos Boeing 747 de El Al, uno Cargo y uno de pasajeros al que se le removieron los asientos, y cuatro Lockheed C-130. En Addis Addeba, aeropuerto de la capital Etíope, todo estaba listo. En cuanto Mengistu confirmó la recepción de su dinero, autorizó el movimiento, los aviones despegaron y poco tiempo después, comenzaba el puente aéreo más impresionante de la historia, en la relación tiempo- pasajeros transportados.

En 36 horas, desde la mañana del 24 de mayo de 1991 hasta la noche del 25, 14.325 Judíos Etíopes fueron trasladados en vuelos de 747 y C-130. El récord de pasajeros transportados en un solo avión lo estableció el  4X-AXD, con 1089 pasajeros registrados. Pero muchas madres escondieron a sus hijos chicos entre sus ropas, por lo que la cuenta final fue de 1122 pasajeros.

Durante el puente aéreo, hubo 5 nacimientos en vuelo. Tal fue la premura y el secreto de la operación, que los transportados subieron literalmente con lo puesto, y en algunos casos con algún elemento de cocina. Aún con lo mínimo, la idea de volver a Israel suponía un destino mejor que el que se presentaba en la ya fallida Etiopía.

El gobierno del Derg cayó poco después, en septiembre de 1991. Mengistu Haile Mariam había huído -con la invaluable asistencia de los negociadores- a Zimbabwe, donde todavía vive. Enfrentó un juicio en ausencia y fue declarado culpable de genocidio. El estimado de muertos bajo su responsabilidad varía de 500000 a 2 millones de personas. En ese contexto, salvar 14.000 vidas parece poco, pero cada una vale muchísimo. Y en esa historia, el Boeing 747 salvó 1100 vidas de un sólo tirón.

 

 

39 años. Argentino. Casado.
Profesional de IT por elección, Aeronáutico por vocación.
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Viajero ocasional, nerd frecuente.
Pablo Díaz

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