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Cuando era chico, una de las cosas que primero pregunté, en esa etapa en la que queremos saber todo, era cuánto medía el mundo. No recuerdo mi reacción ante la respuesta, pero sí me viene la imagen de mi indignación cuando leí en una Billiken que un año luz era un millón de kilómetros. Recuerdo plantearle airadamente a mi papá que la revista nos faltaba el respeto, porque subestimaba la capacidad de entender la relación entre tiempo y velocidad de la luz. Seis años tenía.

Con el tiempo, empecé a entender que el mundo tiene el tamaño que tu interacción te permite. Primero es el trayecto de casa al jardín, después es el que te lleva a la escuela. Se le agrega lo que te dejaban salir a andar en bicicleta. Luego, empezás a ir a comprar. En mi caso particular, había algo que nos gustaba hacer con mis amigos.

Si bien el único de nosotros que se terminó dedicando a algo relacionado con la aviación fui yo, éramos suficientemente nerds como para discutir días enteros sobre un avión u otro. Los miércoles de las vacaciones, nos levantábamos temprano y nos íbamos caminando al centro de Padua, nuestra ciudad de la infancia, para comprar revistas usadas de aviación -mi favorita, Interavia-, comprar la Lúpin nueva y pasar por Entre Amigos, una librería especializada que tenía todos lo que necesitábamos para hacer nuestras primeras experiencias en aeromodelismo. Unos jodones bárbaros. Aún hoy extraño esas noches de verano en la vereda discutiendo si el Concorde era mejor que el TSR2. Esa inocencia tan propia de un mundo de 20 cuadras. Las que había entre nuestra cuadra y Entre Amigos.

En la adolescencia, ese mundo siguió creciendo, y ya incorporó la ciudad de al lado. Y es entonces, cuando ese crecimiento empezó a ser exponencial: Las primeras vacaciones con amigos, los primeros viajes. El primer trabajo, inmediatamente después de la secundaria. Y ahí, un día, una pregunta que me cambiaría la vida. Y no exagero.
“Sabés jugar al ajedrez?”

La respuesta era aparentemente simple: sí, sabía mover los trebejos, mi viejo me había enseñado de chico, pero nunca me había terminado de atraer. Aún así, le dije que sí, que le enseñaba. Y empezamos a jugar. Y jugamos horas por día, seis veces por semana. Y un día, el “hombre grande” – tendría 45 años, más o menos: yo tenía 18, y la arrogancia de que todos eran viejos para mí- que hacía de vigilancia preguntó si podía jugar. Y jugó. Y cómo jugó.

Pronto, un locutorio perdido en un rincón de San Justo tuvo casi la misma cantidad de clientes que de contendientes al tablero. Llegué a cambiar el turno para jugar contra un cliente que no podía pasar de tarde. El nivel de esas partidas era increíble, y hasta que en alguna mudanza perdí el cuaderno donde anotaba algunas, he llegado a repasar varias de ellas. Un día, mi ciclo en el locutorio estaba ya terminado y había que moverse hacia otro trabajo: lo que más me dolió era dejar atrás esos duelos hermosos de racionalidad y sentimientos. Porque el 40 por ciento de lo que pasa en una partida de ajedrez, pasa afuera del tablero. Pasa afuera de las piezas. Mi mundo medía lo que permite un salto de caballo: uno adelante y dos al costado, o dos adelante y uno al costado.

Abstinente de Ajedrez, empecé a buscar un club en la zona de casa. y por designios del destino, hacía poco habían abierto uno en Padua. Un amigo quiso a jugar también y empezamos a ir juntos. Entre torneos, iba a la casa a practicar. Una de esas veces, estaba su hermana. La hermana de Maxi. Y ahí me cambió la vida para siempre.

Fue la primera mujer que amé en mi vida. La primera vez que me quedé atónito ante el dibujo de su cuerpo desnudo contra la luna llena. La primera vez que le dije a una mujer que era hermosa, y seguramente, la más sincera de todas las otras veces que siguieron. En ese momento, mi mundo medía seis cuadras: las que había de distancia entre su casa y la mía. Cosas de la vida, salimos poco tiempo. Después, cada uno hizo su vida, aún cuando tuvimos encuentros esporádicos. Años después nos acordamos que existíamos, y charlamos un poco por teléfono, pero mi arrogancia se transformó en estupidez y se enojó. Poco tiempo después, yo descubrí el límite físico de mi mundo.

Hacía menos de dos horas que había llegado a Shanghai, y estaba en una estación de subte. Tenía el taxi cubierto del Aeropuerto al Hotel, pero preferí hacerme el valiente y tomar el Maglev hasta el subte, y de ahí llegar a la estación People Square, caminar una cuadra y media y llegar por mi cuenta. La cuestión era que en el medio de la estación, no supe para donde ir, y me asusté. Me corrió por la cabeza una letanía: “Si algo te pasa ahora, nadie sabe quién sos. Acá, ahora, no sos nadie.”

Tuve la sensación física en el cuerpo que el mundo se agrandaba y que yo era ínfimo. Me di cuenta que el mundo es inmenso. Que es un privilegio agrandarlo viajando. Pero por sobre todo, que hay que tener muy en cuenta cuál es la extensión de ese mundo personal de uno. En ese momento, el mundo midió lo que mide: 510 millones de kilómetros cuadrados de superficie. Al tiempo volví a Buenos Aires, con la cabeza un tanto distinta, y empecé a entender unas cuantas cosas. Un día, el destino y un tal Mark Zuckerberg volvió a poner a la hermana de Maxi en el camino en el que yo estaba. Y entendí otro par de cosas.

No fue fácil, porque nada lo es. No fue sin una cuota de dolor y de crueldad que hubo que romper paradigmas. No fue sin un intenso trabajo de exorcismo y de cura, sin un desgarro o dos que nos dimos cuenta que el destino la había puesto aquella vez en mi camino con la clara intención de que se quede para siempre. Nos creímos -me creí- más inteligente y la alejé. Y aunque los dos luchamos para contradecir el designio, al final entendimos que debíamos encontrarnos. Y no volver a perdernos. Pasadas las tormentas, nos casamos. Y acá estamos.

Hoy sé cuánto mide mi mundo. Sé como se oye, sé cómo se ve. Cómo se siente en los dedos. A qué huele. Y se oye igual que la carcajada natural del chiste malísimo que hago. Se ve igual que cuando tiene los ojos chiquitos y recién se despierta. Se siente igual que cuando le paso la mano por el pelo, huele igual al budín de limón que hace cada tanto.

Y el mundo mide el largo de un brazo. El mío, que estiro para agarrarla de la mano. Y no soltarla más.

 

 

 

 

39 años. Argentino. Casado.
Profesional de IT por elección, Aeronáutico por vocación.
Casi piloto. Casi Spotter. Casi Ingeniero.
Viajero ocasional, nerd frecuente.
Pablo Díaz

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