Bea, La Reina Madre

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La dejaron con una nota, en la puerta del laboratorio donde mi mujer hacía el Doctorado. “Adoptame, me abandonaron.” La cajita tenía un tercio del tamaño de una caja de zapatos. Hace ocho años ya de este día.

Siendo tan chiquita, y habiendo llegado a un laboratorio, hubo que improvisar: una colega de mi mujer estaba amamantando a su hija y se sacó leche para darle a la gatita. Con una pipeta Pasteur, le dieron de comer hasta la hora en la que mi mujer se la llevó a su casa. En honor a la nodriza que le dio su alimento, se llama Bea.

Cuando llegó, maulló todo lo que pudo, durante un día entero. Yo todavía no vivía con quien hoy es mi esposa, y cuando la llamaba por teléfono se escuchaba de fondo. Yo había tenido una gata de chico, y siempre me consideré más de los perros. No me era fácil interactuar con ella, porque mi entrenamiento me hacía tratarla como a un perrito.

Nos fue difícil al principio de la convivencia, porque por un lado, yo no sabía jugar con ella. Por otro, Bea y mi mujer tenían una dinámica que yo venía a alterar. El vínculo que forjaron ellas dos es irrompible. Va más allá de cualquier entendimiento. Entonces, a los ojos de Bea yo andaba en la medianera entre enemigo y molestia. Y me lo hacía saber.

Si durmiendo dejaba un pie afuera, saltaba con las cuatro garras y los dientes a morderme el pie. No había mucho lugar en el dos ambientes, pero tampoco era que salía corriendo: me enfrentaba. Me hacía saber que en esa casa, para ella yo no era bienvenido.

Al tiempo, llegó Pol, un gatito que ya adoptamos juntos. Y cuando lo trajimos, le mostró que era ella la que mandaba. Gruñió y lo atacó durante las primeras horas. En uno de mis momentos de mayor inteligencia en estos años, le dije a mi mujer “no pensaste en esto antes?” como si fuera responsabilidad de ella, y no conjunta. Cada tanto, vuelve sobre mí esta frase como un boomerang bien tirado.

A los dos días, Bea adoptó a Pol y sacó su lado más maternal. A partir de él, tenía una manada que cuidar. Hizo un pacto: ella acicalaba a Pol y a cambio, le dejaba que él tome la teta. No tenía leche ni nada, pero acuerdos son acuerdos. Se armó una dinámica en toda la casa que hizo que el nombre de Bea no alcanzara. Necesitaba tener un título. En algún momento, la nombramos a Bea Reina Madre.

Bea y Pol.

Vino Teo, y ella le marcó los límites. Tuvieron una apacible indiferencia hasta que un día, se puso a lavarlo. Era parte de su manada. De todos modos, retiraba la lengua con cara de asco, y nosotros decíamos que era porque tenía gusto a perro. Teo se fue a recorrer el universo, y ella se enojó. Durante días no pudo lidiar con eso, y no nos dio bola. Pol fue el que entendió todo. Bea lo procesó distinto.

Llegó Cata y la adoptó también. Somos todos parte de su clan. Donde ella manda. Duerme con nosotros, pero en otra postura. Al principio, cuando no éramos amigos, me empujaba con las cuatro patas para que no me acerque. ahora, en el invierno busca que la abrace para seguir durmiendo. Pero sólo cuando su madre (mi mujer) ya se levantó. Antes de eso, duerme con ella. O sobre ella. El vínculo sigue intacto.

Bea, la Reina Madre, ya tiene ocho, y rogamos que llegue a los cincuenta y ocho, o más. Cambió lo que yo pensaba de los gatos, me enseñó a entenderlos, a respetar sus tiempos, sus miradas. Te demuestra amor cuando ella quiere, pero cuando lo hace, no existe otra cosa. Te llena de besos, y de pronto te muerde. Aprendimos a querernos.

No exagero si digo que es una de las relaciones más complejas que tuve y tengo a través de mi vida. Conocerla es una de las cosas que me cambió la vida. Entenderla, me hizo enamorarme de la fascinante personalidad de los gatos, al mismo tiempo que adoro a los perros. Bea es un curso acelerado de inteligencia emocional, que se cursa todos los días, y que todos los días tiene como recompensa por aprobar unos besos en la nariz, un ronroneo y la absoluta certeza de que, en el medio de tanto amor, está pensando en cómo matarme.

 

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